Hay ocasiones en que la palabra –exclusividad de la especie humana– adquiere consistencia de historia. La oración del puneño José Domingo Choquehuanca a Bolívar es un caso. El discurso del presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln en Gettysburg es otro. El de Raúl Porras en contra del aislamiento de la Cuba revolucionaria es imperecedero ejemplo. Hoy pude leer con detenimiento la intervención de Raúl Castro, presidente de Cuba, en la Séptima Cumbre de las Américas, y tengo la convicción de que su texto habla desde la historia y para la historia.
Sin ser un compendio histórico, el discurso de Castro marcó hitos y abrió horizontes sobre el proceso histórico no solo de Cuba. Recordó, por ejemplo, que en 1800, en los Estados Unidos se pensó en agregar a Cuba a la Unión del Norte y que en el siglo XIX surgió allí la Doctrina del Destino Manifiesto, “con el propósito de dominar las Américas y el mundo”.
Frente a ese impulso expansionista, José Martí, el héroe de la independencia de Cuba, escribió, semanas antes de su sacrificio, que su lucha por la independencia de Cuba debía servir para defender la independencia de toda Nuestra América.
El dirigente cubano trazó luego el itinerario de sacrificio y lucha de Cuba, pero también sus logros y su firmeza socialista. Otro aspecto de su oración fue el repaso de su solidaridad con otros pueblos, en particular con Puerto Rico.
El gran abrazo hemisférico se expresó en estas palabras:
“Las relaciones hemisféricas, en mi opinión, han de cambiar profundamente, en particular en los ámbitos político, económico y cultural; para que, basadas en el Derecho Internacional y en el ejercicio de la autodeterminación y la igualdad soberana, se centren en el desarrollo de vínculos mutuamente provechosos y en la cooperación”.
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