Para hoy se espera el último mensaje de 28 de Julio del presidente Ollanta Humala. ¿Se espera? En todo caso, muy poco es lo que cabe esperar. Se puede apostar que el eje de su discurso girará en torno a economía, educación y seguridad ciudadana. En esos tres campos, el resultado de su gestión es un fracaso rotundo.
Por supuesto que a lo mejor anuncia una migaja de aumento en el salario mínimo; pero en materia de seguridad nada dirá sobre su deber de refrenar la ola de asesinatos –sobre todo de dirigentes sindicales– que estremece al país.
No hay peor ciego que él no quiere ver. Hace poco, en visita oficial a España, dijo Humala que el Perú mantiene el liderazgo del crecimiento en América Latina. Gruesa falsedad, que probablemente le transmite el Ministerio de Economía, a través de Nadine Heredia. El país que más crece en nuestra región es Bolivia.
El 20 de setiembre del 2013, en la Convención Minera, en Arequipa, el jefe del Estado reiteró el infundio:
“Pero insisto ¿por qué, si los precios fluctúan, si la demanda se ha contraído y existe en el mundo incertidumbre e inquietud por la desaceleración de China y la precaria estabilidad europea, por qué, digo yo, las perspectivas de crecimiento para el Perú se mantienen por encima de los promedios latinoamericanos?
“La respuesta está en que esta vez no estamos ante un auge parcial, sino viviendo una transformación del país, que ha iniciado un movimiento hacia el desarrollo, un proceso que ha costado hacer despegar, que nos compromete al gobierno, el sector privado y la población, proceso en el que la minería ha jugado, como veremos, un papel esencial”.
Igual que todos los que han malgobernado, Humala relegó la agricultura para consumo interno y la industria.
Humala ignora la lección de Jorge Basadre en La vida y la historia:
“Precisamente, aquello es lo que niega de modo sustancial la razón por la que fue erigida, a costa de mucha sangre, la República contra el imperio español y contra los monárquicos criollos; y lo que desmiente, en un sentido categórico, la justificación palpitante, actual y futura, del Perú visto no solo como conjunto territorial amplio y difícil aunque uncido a través de muchos siglos a un solo Estado y como núcleo humano cuya integración no avanzó todo lo que fue deseable o justo, sino, fundamentalmente, como instrumento de trabajo para una mejor existencia de quienes aquí moran. No hay que confundir, por eso, a la multigeneracional estructura de la “patria invisible” a la que el sacrificio de los buenos otorgó, a pesar de todo, vigencia, con el país circundante que puede ser y es, demasiadas veces, injusto, mezquino, impuro y cruel”.