El presidente del Consejo de Ministros, Pedro Cateriano, ha anunciado que en el caso Tía María actuará “con la ley en la mano”. Quizá se refiere a la ley del embudo, porque ayer, apenas se apagaron los ecos de su discurso, fue detenido uno de los dirigentes de la amplia mayoría del pueblo de Islay que se opone al proyecto minero de la Southern. Jesús Cornejo Reynoso, agricultor presidente de la Junta de Usuarios del Valle de Tambo, está preso en Seguridad del Estado de Arequipa.
Al gobierno de Ollanta Humala, que defiende con ira a la empresa, se le ha ido la mano –no precisamente con la ley–. No debió olvidar que los dirigentes locales que se oponen a Tía María fueron elegidos alcaldes en las recientes elecciones municipales. Debe tener presente, además, que el movimiento en contra de la mina y en pro del agro tradicional y próspero del valle de Tambo responde a intereses y tradiciones arraigados de todo Arequipa.
El presidente Humala y su premier no han tomado en cuenta la amplia solidaridad del pueblo de Arequipa con los pobladores de Islay. Al impedir, ayer, que una delegación de sindicalistas de la Ciudad Blanca viaje a la zona del conflicto, ha exacerbado los ánimos.
Los gobernantes revelan con esto que no conocen el potencial de protesta que desde el siglo XX se ha manifestado en la tierra de Mariano Melgar y de Teodoro Núñez Ureta.
En 1950, con una rebelión inesperada dirigida por la izquierda mistiana, el pueblo derrotó al ejército de la dictadura de Odría. En 1955, otra explosión popular arequipeña derrocó al tiránico ministro Alejandro Esparza Zañartu, quien aparece con el apodo de Cayo Mierda en la novelaConversación en la Catedral. En su libro El pez en el agua, el Premio Nobel cita, sin mencionarme, la entrevista que hice a Esparza para Caretas.
Vargas Llosa es amigo de Cateriano, con quien comparte el credo neoliberal. Su toma de posición en un conflicto cuyo fondo desconoce me recuerda los días en que se solidarizó con la invasión yanqui a Irak reprochando a Sadam Husein “el cinismo” de negar que poseía armas de destrucción masiva.
¿Cómo sabía Vargas Llosa que el dictador iraquí sí contaba con esas armas? Se fió del poder mediático imperial. Como se sabe, el propio ministro de Defensa de los Estados Unidos, Colin Powell, confesó después, avergonzado, que la CIA lo había engañado al respecto.
Ahora, el escritor comete, de nuevo, el pecado irracional de la credulidad. Antes le creyó al Tío Sam, ahora adopta el cuento de Tía María.
Humala y Cateriano deben actuar sin violencia en Arequipa. Ahí hay una historia por asimilar.
La moraleja es: ¡Con Arequipa no se juega!
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