Escribo esta
columna no solo por conciencia y deber, sino obedeciendo a
requerimientos sindicales y estudiantiles, que desean conocer mi opinión
sobre la coyuntura laboral
y política. La masiva jornada de lucha del 8 de abril, convocada por la
CGTP, ha abierto la cortina de una etapa social nueva. El gran preludio
fue el movimiento de los jóvenes contra la “Ley Pulpín”.
La convocación empezó con una invitación de la Federación
Textil y otras organizaciones sindicales a un conversatorio sobre el
significado del 1°. de Mayo. El acto será en el local de la Federación
Telefónica (jirón Talara 751), el martes 28, a las 5:30 p.m. Estudiantes
de San Marcos y Villarreal me han pedido exponer sobre la historia y la actualidad de los trabajadores peruanos.
No puedo abarcarlo todo aquí. Sobre la historia proletaria he escrito
más de un artículo y ensayo, desde que, a los 20 años de edad, edité El
periódico El Metalúrgico, órgano del Sindicato Metalúrgico de La Oroya.
Sobre el presente pesan tres preocupaciones centrales: la
ola de despidos de dirigentes sindicales; la vigencia del Decreto
Supremo 013 que permite a las empresas los despidos colectivos, si se reducen sus ganancias; el asesinato programado de dirigentes de construcción civil.
Coincido en ese sentido con la plataforma de lucha de la CGTP, la
cual exige el aumento de la remuneración mínima vital y el rechazo a la
nueva ley de trabajo juvenil. Me alegra que esa central reclame una
nueva Ley General del Trabajo, para la cual prepara su propio proyecto.
En el campo de la política, teniendo a la vista las elecciones del
2016 tengo una percepción alentadora, que no proviene de grupillos
intelectuales, arbitrarios y soberbios. Por lo menos desde enero,
gracias a mis vínculos con las bases del movimiento obrero y popular, sé
que ese sector no convoca la simpatía de abajo, ni moviliza a las
masas.
Algunos compañeros defienden su punto de vista atribuyendo errores y
hasta tonterías a quienes no los acatan. Afirman, por ejemplo, que esos
sectarios afirman que lo importante no es la unidad, sino los
principios. No conozco a nadie que propugne esa insensatez. Se busca la
unidad, pero con principios. Entre estos se exige la ética. Hay, en el
lado de Salomón Lerner, alguien que ha sostenido que Yehude Simon “puede
servir para ampliar los aliados tanto como se pueda”.
Otro desatino atribuido a los no seguidores es que estos creen que el
debate es sobre las luchas populares y no sobre las elecciones. Ignoro
quién mantiene tal majadería. No hay contradicción entre lucha popular y
lucha electoral.
¿Qué les pasa? ¿Quieren arrastrar a toda la izquierda y a los
trabajadores a un previsible naufragio? Me niego a aceptarlo. Yo deseo
la unidad entre distintos, pero sin trampas.
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