El diario Perú 21 publicó
el domingo 13 una información alarmante, que no ha alarmado a nadie: en
el Perú habría hasta tres grupos de militares que conspiran para dar un
golpe de Estado.
El texto, firmado por Juan José Garrido, director del matutino,
arranca con esta frase de un supuesto confidente castrense: “No sé lo
que pueda pasar”. Garrido tampoco lo sabe. Su escrito da a entender que
el cuartelazo en ciernes tiene tres fuentes: Ollanta Humala, desesperado
por liberar a su esposa, “como sea y al costo que sea, de la cárcel”.
Otro grupo sería el de los coroneles de la promoción de Antauro Humala,
preso por el “andahuaylazo”, que quieren verlo libre y candidato.
Una tercera facción sería la de los que urden un golpe preventivo.
¿Para impedir que las otras dos se pronuncien? Ni Garrido lo sabe.
La historia me hace recordar, pero en chunga, cachumba y cachumbambé,
la del golpe del general Manuel Arturo Odría, en 1948. En ese momento
operaban motivos económicos de la oligarquía. Mineros y azucareros
querían eliminar el control de cambios, que los obligaba a entregar los
dólares de la exportación al Estado. La oligarquía de hoy no tiene por
qué, tumbar a Humala.
La noche misma del golpe de Odría, el noctámbulo Martín Adán lanzó su irónica frase: “¡Por fin volvió el Perú a la normalidad!”.
No se puede decir que el capítulo escrito por Garrido no tiene pies ni cabeza. Tiene tres cabezas.
Curzio Malaparte publicó en 1931 un libro famoso en entreguerras,
Técnica del Golpe de Estado, que examinó las técnicas y las fuerzas
motrices de todo golpismo.
Cuando Napoleón disolvió la Asamblea Nacional, el 18 Brumario, y
cuando el Ejército Rojo recién nacido ocupó el Palacio de Táurida
actuaron en un contexto político y social propicio. Malaparte dedujo que
un golpe de Estado requiere, no necesariamente el apoyo de masas, pero
sí el concurso de “mil técnicos” que bloquearan todas las capacidades
del Estado y propagaran noticias que pueden ser inventos pero
neutralizan a la población o la hacen aceptar pasivamente el poder
instalado por los golpistas.
El golpe de Pinochet fue precedido de un bombardeo de mentiras sobre
planes represivos del gobierno democrático de Salvador Allende.
Algo de eso se vio en el autogolpe de Alberto Fujimori, cuando la
gran prensa desató un alud previo de alarma calumniosa contra la
oposición y adormeció a los sectores independientes.
La técnica de Malaparte requiere ahora enriquecerse con la informática.
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