Ayer gasté tres horas en el intento
inútil de comunicarme con los teléfonos de dos redactores del diario
Uno. A cada llamada obtuve una respuesta única. En Claro: “Su llamada
será transferida a una casilla de voz”. En Entel: “Si desea, deje su
mensaje en la casilla de voz”.
Esto mismo me ocurre todos los meses y días y durante horas. No sé si
lo mismo sucede con todos los usuarios. Si fuera así, querría decir que
más rápida era la comunicación en el tramo inicial del periodismo, cuando se empleaba palomas mensajeras.
Mis compañeros de trabajo señalan otra mala seña: cuando por fin logro comunicarme, mi voz apenas se escucha.
Si el mal solo daña a unas cuantas personas puede deberse a mala suerte.
La permanencia del perjuicio me suscita suspicacia: ¿será que el afán
de demorar el diálogo se debe a que hay orden de que a algunos clientes
les graben su mensaje, lo cual requiere algún tiempo?
Yo pago
muy caro un servicio que se ha convertido en tortura, lindante con la
estafa. Hace pocos años, estuve pagando el doble de la cuenta porque
cobraban un servicio a mi esposa, fallecida meses antes, y otro a mí. En
esta columna denuncié el caso tragicómico y reclamé que la próxima vez
me comunicaran con mi difunta Natalia, para escuchar, desde ultratumba,
su dulce voz. Movistar me pidió disculpas.
No sé, repito, si el mal servicio afecta a una cuantas personas. En
principio, las autoridades del sector y el Congreso debieran investigar
de oficio.
Incluso en el caso de un chuponeo selectivo, este requiere autorización
de un juez. A menos que se trate de un espionaje foráneo, a control
remoto, por cuenta de una potencia extranjera.
Por lo que a mí se refiere, si se cumple la hipótesis de la
interferencia premeditada, están gastando pólvora en un gallinazo. No
tengo ni transmito secretos. No milito en ningún aparato conspirativo.
Mis conversaciones se refieren ante todo a información periodística. En
cuanto a mis opiniones, son un secreto a voces: las expongo en esta
columna. Para enterarse de ellas, en lugar de malgastar en espías, les
doy un consejo: compren el diario UNO.
Tengo, por cierto, un círculo muy pequeño de amigos y amigas, con los
cuales solo ejercemos la conspiración del cariño, el complot de la
amistad, el soplo del arte. Para descifrarlos no es útil ninguna
criptología: su clave palpita en mi corazón.
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