miércoles, 27 de mayo de 2015

Talón de hierro y de sangre

Hace un siglo, en 1908, el gran narrador estadounidense Jack London publicó su novela Talón de hierro. Es una obra de ficción y una profecía. Denuncia el régimen de las grandes corporaciones que se habían apoderado del poder político de su país e imagina una trama obrera que el poder, el Talón de Hierro, combate mediante un atentado provocador para desatar una matanza de obreros y campesinos.
Muchos han visto en esas páginas una imagen de lo que sería el nazismo alemán. También se alude a los crímenes del imperialismo. Estoy de acuerdo con esos puntos de vista; pero opino que London previó también manipulaciones como la colocación de una bomba en la comisaría de Cocachacra o los abusos desalmados de la empresa china Shougang que explota el hierro de Marcona.
Hay un talón de hierro local, que mata agricultores en Islay y proletarios en Marcona. Contra esa bota represiva se inicia hoy un paro regional en el sur del país. La medida abarca Arequipa, Puno, Cusco (mediante marchas), Ayacucho, Apurímac, Tacna y Moquegua, regiones que en el 2011 dieron un voto abrumador a Ollanta Humala, y ahora condenan su política entreguista y autoritaria.
La respuesta del gobierno es la de todas las oligarquías a lo largo de nuestra historia: enviar más soldados y policías.
En semanas recientes he señalado la contradicción que hay entre las promesas del ministro del Interior en el sentido de que la fuerza pública no empleará armas de fuego contra los manifestantes, y el hecho de que todos los muertos caen víctimas de balas.
Es evidente que vino de muy arriba, de Palacio, la orden de matar. He reclamado que se investigue y castigue ese crimen. Pero dudo que la pareja presidencial quiera hacerlo. Sospecho que habrá que esperar el cambio de régimen para que se esclarezcan esos y otros delitos.
Estamos ante la crisis de un gobierno y de una política. El presidente de la República, que prometió una gran transformación, no sabe qué hacer frente a los graves problemas del país y cree que a balazos se pueden resolver los escollos que aparecen en su hoja de ruta, que es algo así como el cuaderno de bitácora que conduce al desastre.
Desgraciado nuestro país, gobernado por un soldado sin estrategia, que solo tiene municiones para el día a día y que en su mochila porta únicamente el catecismo neoliberal.
He señalado en esta columna que con Arequipa no se juega, y con el sur tampoco. Mi opinión se nutre de la historia social del siglo XX. Arequipa se ha levantado más de una vez. Cusco también. Moquegua, Tacna, Arequipa, son regiones donde palpita el afán de cambios sociales y políticos.
Por eso, el gobierno de Humala debe recordar que las balas no son un interlocutor válido.

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